...cuEntos paRa ni?Os fEos
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7/19/2003  

Michael el Ratón


No es cierto que la vida del ermitańo sea la mas sana y armoniosa, pues como todo el mundo sabe la carencia de alimentos propia de la vida apartada y la dieta vegetariana no constituyen la salubridad necesaria para afrontar un reto como es el vivir día a día en busca del equilibrio interior.

Pero a Michael el ratón eso le daba igual. Se había empeńado en empezar una nueva vida, alejado de la jungla de asfalto, cansado de tanto stress y de contaminacion medioambiental: quería ser un ratón sin igual, un ratón paradigmático para la sociedad del futuro, un nuevo ratón, fundador de una nueva era, la era de la emancipación, de la libertad, la era del equilibrio interior.

Estaba claro que el equilibrio interior de un ratón era más fácil de alcanzar (por cuestiones de tamańo) que el equilibrio interior de un caimán, de un hombre, o de un ornitorrinco, pero pese a ello Michael sabía que iba a encontrar dificultades en su camino solitario.

Así pues, ataviado con viejos ropajes, y portando una cantimplora en una mano (manita, al ser ratón) y un sabroso trozo de queso en la otra, partió hacia el monte Chiwakan, al este de su Algeciras natal.
Precisamente allí, en la metrópolis algecireńa, cuya población se constituía mayoritariamente de Puercoespines, Ornitorrincos y Aves Rapaces, era donde Michael había empezado a interesarse por las viejas leyendas populares que se habían transmitido de generación en generación (cabe aclarar que en cada generación de ornitorrincos caben dos generaciones de puercoespines, cinco de aves rapaces, y diez de ratones, por lo que las informaciones que le llegaban a Michael eran más susceptibles de deformación subjetiva).

Las leyendas contaban que en la cima del majestuoso Chiwakan soplaba un aire tan puro y límpido que, quien lo respirara a diario durante 99 días, vería como, en el centésimo día, cada exhalación del aire inhalado en los 99 anteriores liberaría las impurezas de su interior.

La única exhalación de la que tenía constancia Michael al cumplirse el día 107 de vivaque en la cima del Chiwakan era su mal aliento, provocado por el queso que, aunque ya recubierto de una espesa capa de moho, lo seguía alimentando desde el primer día.

Michael estaba aburrido.

Harto de buscar el equilibrio.

“Esto del equilibrio interior no existe” se dijo. “Es un arma propagandística, difundida como leyenda”, observó el roedor.

“Me vuelvo a la metrópolis, a buscar el contacto, el caos, la vida”

“Solo, me aburro”.

Y Michael volvió, y no se ha vuelto a saber más de él.


(con la inestimable colaboración de Fabrini)

posted by J.. | 06:11


7/13/2003  

Animales extrańos, III (la memoria, secuestradora de luciérnagas)


Mi memoria, como la de todos, es caprichosa.
Pero, a diferencia de muchos, eso me gusta.
Me gusta luchar contra sus caprichos, a la vez que la admiro cuando me ataca por detrás y, dejándome perplejo, me vence.
Cuando no recuerdo algo, cuando la memoria me esconde una línea, una letra, un número, un movimiento, cuando ella rapta esa pequeńa luciérnaga que es cada recuerdo, no puedo seguir…viviendo, sin intentar, como sea, impedirlo.
Ese combate me corroe, y, en el fondo, me excita, me llena.
El sufrimiento excitante que siento en cada intento de rescate de una luciérnaga raptada es más parecido a una fascinación romántica que a un mero acto de masoquismo.
Es una sensación de inquietud, de soledad, de pérdida casi total de esperanza; es justamente a ese “casi” al que me agarro, cada que decido que acordarme va a ser un reto, y, ya que todo reto tiene una meta, es justamente la presencia de esa meta (ver la luciérnaga) la que convierte mi lucha contra la memoria raptora es algo excitante, bonito.

La razón, aquella que (dicen) nos proporciona los mejores medios para nuestros fines, es poco útil en esta lucha.
No hay métodos demostrados para rescatar recuerdos escondidos. Por mucho que se busque y se busque, a través de pistas y enlaces causales, nunca se elimina la posibilidad de fracasar, de no poder rescatar a una lucecita, a una luciérnaguita.
Más bien al contrario, lo más probable es perder la batalla.
Otro método posible es engańar a la memoria: disimular, hacer ver que se da por perdido el combate, para que ella pierda interés en el rapto, y suelte, refunfuńando, a su presa.
Pero esto tampoco funciona.
Porque la memoria nos domina, y hará lo que se le antoje con nuestros recuerdos.
Por suerte, a pesar de ser muy caprichosa, no es maligna: cuando realmente olvidamos lo que intentábamos recordar es cuando ella, benévola, libera a esa luciérnaga, y la deja aparecer, como una chispita, en nosotros.
Así, sólo olvidándonos de acordarnos conseguimos acordarnos (Ąy este truco me lo enseńaron las mismas luciérnagas!)

posted by J.. | 21:52
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